El género literario conocido como thriller no apareció de golpe. Existió mucho antes de que alguien acuñara su nombre, acechando oculto en las novelas de misterio, en las conspiraciones políticas de la literatura gótica, en los seriales de periódico que mantenían a las audiencias en vilo semana tras semana. Sería en el siglo XX cuando se le dio forma definida y se le lanzó a conquistar las mentes de lectores que buscaban algo más que una trama: ansiaban la adicta incertidumbre de no saber qué podría ocurrir después.
La palabra «thriller» apareció alrededor de 1889, cuando los críticos necesitaban el término adecuado que describiera una sensación específica: el estremecimiento controlado, la adrenalina narrativa, la certeza de que algo peligroso acecha en cada página.
Sin embargo, no sería esta fecha el origen real de este género. Mucho antes ya existía el formato. Tomemos como ejemplo los folletines del siglo XIX. Estas eran publicaciones seriales presentes en periódicos y que se interrumpían abruptamente en los momentos de máxima tensión, dando origen a un término muy relacionado con el thriller: el cliffhanger. Si lo analizamos un poco, estos folletines serían los ancestros directos del thriller moderno.
Siguiendo con este razonamiento, podemos definir a las publicaciones de Les Mystères de Paris, de Eugène Sue, publicadas en 1842, como el Big Bang del género: 169 entregas que convirtieron a millones de franceses en adictos narrativos.
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Y el género comenzó a evolucionar
La siguiente evolución de este género tiene nombre propio: Edgar Allan Poe. Para muchos, fue este escritor quien elevaría el thriller a un nuevo nivel por los siguientes 170 años. ¿Quién puede ser inmune a la tensión y sensación de peligro de novelas como «El corazón delator» (1843) y «El gato negro» (1847)? Con estas obras, Poe no sólo logra sorprender al lector, sino que atrapaba al lector en la mente del criminal, convirtiéndolo en un cómplice del horror desatado desde el punto de vista de la paranoia del personaje principal. Estamos aquí ante el más puro ADN del thriller psicológico, donde el escritor, más que limitarse a describir lo que sucede, sumerge al lector en la inquietante perspectiva del asesino o en la aterrada mente de la víctima.
Como te comenté arriba, el thriller se pone sus pantalones largos recién en el siglo XX, de la mano de autores como los británicos Arthur Conan Doyle y Agatha Christie. A pesar de la distancia en el tiempo entre ambos, ellos trabajaron sobre una estructura similar: la fusión del misterio con una velocidad narrativa que no permitía pausas.
En el caso de Agatha Christie (quien vendió más de 300 millones de libros en vida de un total de 2 mil millones vendidos globalmente), la autora comprendió como pocos que el thriller no era un rompecabezas lógico puesto sobre un lecho de suspenso, sino el suspenso mismo como motor narrativo. Sus novelas no esperan que el lector descubra al criminal; lo empujan a correr junto a sus personajes persiguiendo una intangible verdad que se fragmentaba con cada giro.
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Hollywood descubre el poder de la incertidumbre
En los años treinta y cuarenta, el thriller se trasladó a Hollywood. Y aquí sobresale el nombre de Alfred Hitchcock. Este director no inventó el thriller visual, pero lo perfeccionó a un punto que terminó siendo inseparable de su nombre. Sus películas (en particular la famosa «Psicosis», 1960, donde derribó los últimos tabúes sobre lo que el suspenso podía mostrar) transformaron el thriller en un fenómeno de masas. Ante esto, el thriller literario tuvo que evolucionar para competir. Escritores como Ian Fleming, quien creó a James Bond en «Casino Royale»,1952, comprendieron que el lector del siglo XX pedía más que misterio: pedía el paquete completo: conspiración internacional, protagonistas que actuaban en los márgenes de la ley, moralidad ambigua, villanos fuertes, etc.
Desde entonces, el thriller ha evolucionado más que los Pokémon: el thriller policíaco como «Los siete crímenes de Chicago» de Ed McBain, 1956; el thriller jurídico reflejado en «Premisa falsa» de Scott Turow, publicado en 1987, obra que vendería 10 millones de copias. El thriller psicológico puro, donde el crimen era interior, como es el caso de «El silencio de los corderos», de Thomas Harris, que salió a la luz en 1988, vendería 30 millones de copias y se convirtió en todo un éxito en el cine. Esta obra redefinió lo que el thriller psicológico podía lograr: no era suficiente un criminal inteligente; debía ser carismático, indecifrable, casi simpático en su lógica. Hannibal Lecter no era un monstruo. Era un espejo.
El thriller, el rey de los géneros literarios
Hoy en día, el thriller es el género más ávido del mercado editorial global. Representa aproximadamente el 25-30% de todas las novelas de ficción vendidas. Autores como Lee Child, Paula Hawkins (autora de «La chica del tren», con más de 18 millones de copias vendidas), Gillian Flynn y Tana French, entre otros, dominan las listas de bestsellers.
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Lo interesante es que, con el paso del tiempo, los diferentes tipos de thriller se han ido entrelazando entre sí como una enredadera, dando origen al thriller híbrido en el que no es posible separar el thriller de misterio del thriller psicológico, del thriller tecnológico, del thriller climático. El género se volvió un contenedor flexible que absorbe las ansiedades de cada época.
Algo que diferencia el thriller de los demás géneros es su velocidad. Hablamos de capítulos más cortos, puntos de vista múltiples que saltan entre perspectivas rivales, giros que, además de sorprender, recontextualizan todo lo leído hasta ese momento. Autores como Colleen Hoover, cuyas novelas de thriller romántico venden millones de ejemplares entre lectores que jamás se habrían identificado como aficionados al thriller, demostraron que el género podía expandirse hacia territorios que las generaciones anteriores consideraban incompatibles. Romance, religión, ciencia ficción, historia, religión… no existe ningún género que no pueda ser convertido en un thriller y es esto, quizás, lo más fascinante de él.
Lo que hace que el thriller persista, lo que lo mantiene en el corazón de lo que la gente quiere leer, es su propuesta esencial de que pondrá a correr al lector en una historia que apenas dará tiempo para tomar aire.
No es una promesa de mostrar una verdad trascendental u ofrecer una belleza estilística. Es una promesa fisiológica. El thriller entiende que somos animales que responden a la amenaza, a la incertidumbre, a la necesidad de saber qué sucede después. Y mientras esa necesidad exista, el thriller seguirá evolucionando, devorando nuevas formas, nuevos miedos, corriendo sin descanso, alimentándose de un mundo que no deja de cambiar.